Nuestra historia
Cinco años buscando una herramienta que no existía. Al final acabó llevando el nombre de mi abuela.
La historia de por qué construí anpra, y de la mujer que le dio su nombre.
No soy programador. Soy anfitrión. Llevo años alquilando mi vivienda vacacional en Gran Canaria, y durante mucho tiempo tuve una idea fija: que un huésped que se aloja en mi casa no sienta que renuncia a nada frente a un hotel. La misma calidad, pero con la cercanía que solo puede dar un propietario.
Sin saberlo, estaba persiguiendo algo que había aprendido de niño, en una casa donde a cualquiera que entrara se le trataba como si fuera de la familia. Pero a eso llego al final.
Esa idea me llevó cinco años. Cinco años buscando una herramienta que, en realidad, nunca iba a encontrar. Y un camino lleno de intentos que no terminaban de encajar.
Lo probé casi todo
Pasé por varios PMS, softwares de check-in, cerraduras electrónicas. Probé guías digitales, apps para el huésped, PDFs, diapositivas de Canva con un enlace. La idea siempre era la misma: dejarle al huésped la mejor experiencia posible dentro de mis posibilidades.
Pero ninguna herramienta encajaba del todo. Siempre me quedaba cojeando por algún lado.
Con el tiempo entendí por qué. No estaban diseñadas para un perfil como el mío. Su cliente ideal era otro: cadenas, grandes gestoras, empresas con equipos dedicados. El anfitrión que tiene una o dos propiedades como complemento a su trabajo no era para quien estaban pensadas. Y se notaba.
El móvil que nunca deja de sonar
Ser anfitrión tiene un handicap del que se habla poco: somos el punto de contacto, y tenemos que estar siempre disponibles.
Yo trabajo, como la mayoría. No todos nos dedicamos a esto en exclusiva. Y sentía impotencia cuando miraba el móvil y veía que un huésped me había escrito hacía media hora, esperando respuesta, aunque fuera para una pregunta sin importancia. Un hotel tiene recepción, con alguien dedicado en exclusiva al huésped. Nosotros somos la recepción. A todas horas.
Y luego, las mismas preguntas de siempre. Por más que actualizara la información, parecía que no la abrían: iban a recoger las llaves a la puerta equivocada y me escribían frustrados, pensando que los habían estafado. Si tenía el móvil en la mano, respondía al momento. Si no, empezaban sus vacaciones esperando en la puerta, con mal sabor de boca. Y ese mal comienzo los volvía más sensibles a cualquier cosa durante el resto de la estancia.
El día que algo se rompió
Hubo un punto de inflexión.
Un huésped había pasado una estancia perfecta. Comunicación impecable, feedback positivo, hasta dijo que quería volver. Tres días después de su salida, me llegó un aviso: la plataforma le había reembolsado casi 400 € por una queja sobre la limpieza.
Yo estaba de viaje. El viaje pasó a segundo plano. Ni siquiera se me dio el beneficio de la duda, con años de reseñas impecables detrás. El reembolso ya estaba hecho, automáticamente.
¿El motivo? Una cucaracha dentro de la nevera. Pero en las fotos era imposible que fuera real: estaba seca, llevaba semanas muerta al sol, y colocada a la vista con un cuidado que dejaba claro que era premeditado. Alguien había decidido intentar conseguir unas vacaciones gratis a mi costa.
Soporte me cerraba los casos, yo los volvía a abrir. Pedía supervisores, explicaba todo desde cero una y otra vez. Me salvó un vídeo que se había grabado ese día en la limpieza, porque yo no estaba en la isla: se veía la nevera abierta, impecable, sin rastro de nada. Tres días me costó que aceptaran la disputa.
Gané. Pero algo se me quedó dentro. No por los 400 €. Por la sensación de estar solo. De que la plataforma, para la que el cliente es el huésped y no yo, me dejara desamparado.
Desde ese día fotografío el estado del alojamiento antes de cada entrada. Nevera incluida.
Así que empecé a construir
Empecé a hacer una herramienta para mí. Al principio era una aplicación web sencilla.
No apareció en un fin de semana. Durante meses la cambiaba casi cada semana, porque cada huésped me traía una situación distinta que no había previsto. Lo que hoy hace, lo aprendió de cientos de conversaciones reales, no de una reunión.
Poco a poco fue tomando forma. Una app que respondía las dudas frecuentes como habría respondido yo si hubiera tenido el móvil en la mano. Que ofrecía un late check-out solo cuando no llegaba nadie esa noche, sin convertirse en un mercadillo. Que le daba al huésped sugerencias durante su estancia: dónde comer, qué playa, qué eventos hay esta semana. Y un sistema para el equipo de limpieza que registraba el estado real del alojamiento, con fotos en vivo de los puntos que yo definía, y generaba un certificado enlazado a la reserva siguiente.
Aquel vídeo casual que me salvó de la cucaracha se había convertido en algo permanente: una forma de no volver a sentirme desprotegido.
Por fin tenía lo que llevaba más de cinco años buscando.
De una herramienta para mí a una herramienta para todos
Funcioné así una temporada y me ahorró tantos disgustos que tuve clara una cosa: si a mí me servía, no era posible que fuera el único que se sentía así.
Ahí decidí convertirlo en un producto para otros anfitriones. Dejó de ser mi apaño personal para volverse algo que cualquiera pudiera usar. Y necesitaba un nombre.
Por qué se llama anpra
Mi abuela se llama
Daba igual la hora a la que llegaras: siempre te recibía con un café, una sonrisa y ganas de escucharte. Te ofrecía todo lo que tenía, comida hasta no poder más, te preguntaba si estabas bien, si te hacía falta dinero.
Recibir a alguien en su casa no era para ella una obligación. Era su forma de querer.
Si pienso en la persona que mejor ha sabido hacer que alguien se sienta bienvenido, solo me viene ella a la cabeza. Quería que el software transmitiera exactamente esa sensación.
anpra es mi tributo a ella.
Que cuide tanto como ella me cuidó a mí.
Todo lo que entiendo sobre recibir a alguien, sobre hacer que se sienta en casa, lo aprendí de ella. No en un curso ni en un libro. En su salón, viéndola querer a la gente a base de café, comida y tiempo.
Y con los anfitriones me pasa algo parecido.
Ellos no me conocen. Pero yo sí los conozco. Porque he sido y sigo siendo uno más.
Sé lo que es mirar el móvil con culpa, defenderse solo de una reclamación injusta, regalar un detalle que demasiadas veces se da por hecho. Y por eso quiero cuidarlos.
Lo que de verdad aprendí
Durante años pensé que el problema era mío. Que los demás anfitriones sabían gestionar mejor el tiempo, las incidencias, las reservas. Que yo era el que no llegaba.
Luego hablé con otros y descubrí que estábamos todos en las mismas. Solo que nadie había construido una herramienta pensando primero en el propietario.
anpira solo te avisa de lo importante y hace el resto. Responde las preguntas repetitivas, acompaña al huésped durante la estancia y te echa una mano cuando de verdad hace falta. Para que el móvil deje de sonar para chorradas y puedas volver a dedicar tu tiempo a lo que importa, sin la culpa de mirar «por si acaso».
Aquel certificado de la limpieza también creció: hoy lleva un sello de tiempo reconocido legalmente en toda la Unión Europea. No sustituye al sentido común, pero aporta una evidencia mucho más sólida, con fecha cierta, cuando alguien intenta aprovecharse del propietario.
Al final entendí que la tecnología no está para sustituir a la hospitalidad. Está para devolvernos el tiempo de dedicarnos a ella.
Supongo que, en el fondo, llevo cinco años intentando que un software haga sentir a un huésped una pequeña parte de lo que yo sentía cada vez que cruzaba la puerta de casa de mi abuela.